Reflexiones en forma de recuerdos: Cinco iniciales experiencias con MANTHOC que me alimentaron el alma durante toda mi vida por Giangi Schibotto

Encontrando por primera vez la pedagogía de la ternura
Llegué, en enero de 1988, para empezar en Lima un trabajo de voluntariado con el MANTHOC, a las tres de la madrugada, en el aeropuerto Jorge Chávez. Estábamos muy cansados y también un poco atemorizados por este mundo tan nuevo y desconocido para nosotros. Pero, cuando salimos del aeropuerto, vimos y oímos los gritos de júbilo de unos diez niños y niñas que nos habían esperado todo el día y hasta la mitad de la noche para acogernos con sus abrazos, sus sonrisas y hasta con flores.
Fue una acogida de una calidez inconmensurable, que me acarició el corazón y me dijo que había llegado a casa. Las niñas y los niños —Héctor, Elena, Lucho, Lupe, y otros y otras— me habían acogido con una desmedida generosidad hospitalaria y, sobre todo, con un desbordante tacto de aquella ternura que años más tarde Alejandro Cussianovich habría de traducir en un libro tan importante y famoso.
La raíz de esa ternura la encontré ya aquella noche, en la intensa, densa y floreciente humanidad con que los niños y niñas del MANTHOC me acogieron como si fuera un hermano de siempre, y no un extranjero recién llegado a su tierra.

Aprender de la sabiduría de los niños…
Al Chito le habían tenido que realizar una intervención quirúrgica para extraerle unos cuantos cálculos de los riñones. Él le pidió al cirujano que le guardara las pequeñas piedritas y las llevó a la escuelita en Ciudad de Dios para enseñárselas a los niños y niñas. Les dijo que esas piedritas eran las que tenía dentro de sí y que se las habían sacado porque le dolían mucho.
En ese momento, un chico originario del Cusco, Héctor, empezó a hablar y dijo:
—Sí, sí… yo sé por qué tú tenías estas piedritas en tus riñones… Es porque tu mamá no lava bien y no limpia bien el arroz. Entonces, cuando comes ese arroz, vas a comer también las piedritas que están ahí. Así que, si ya no quieres tener más cálculos, tienes que decirle a tu mamá que lave mejor el arroz.
Frente a esta explicación de un niño que tenía siete u ocho años podemos asumir dos actitudes. La primera es decir que es falsa y nada más, y con ello negarle cualquier legitimidad al saber de este niño. La otra actitud no consiste tanto en decir que esta explicación es verdadera, sino en entender que, con ella, el niño nos está comunicando que, para él, comprender y pensar es conectarse siempre con una experiencia real, concreta y cotidiana de su vida.
Es esta última actitud la que hace posible la escucha de las niñas y los niños, y es este tipo de escucha la precondición de cualquier posibilidad de coprotagonismo, pues no nos hemos quedado en decir “es falso” o “es verdadero”, sino que hemos aprendido a entender lo que David Ausubel llamaba el aprendizaje significativo.
Esta fue otra importante forma de sabiduría que aprendí del MANTHOC.

Son unos vagos…
Un día decidimos llevar a las niñas y niños de la escuelita en Ciudad de Dios a visitar un elegante colegio de Fe y Alegría, ubicado en un barrio residencial y frecuentado por niñas y niños de familias acomodadas.
Las niñas y niños trabajadores de la escuelita de Ciudad de Dios entraron cautelosamente en estos ambientes visiblemente pudientes y cómodos. Pero, poco a poco, se fueron soltando, empezaron a jugar con los niños y niñas de Fe y Alegría y, gradualmente, se creó un clima de mayor distensión y compañerismo.
Solo Luis, un niño de nueve años, se quedó apartado y silencioso. Me acerqué a él y le pregunté:
—Oye, ¿qué te pasa, Luis?
Y él me dijo:
—Nada, nada, no pasa nada. Solo que ya no quiero mezclarme con estos niños que no hacen nada todo el día, que no trabajan, que finalmente son unos vagos…
Me quedé con la boca abierta: aquel niño había realizado, sin proponérselo, un potentísimo proceso de crítica de los estereotipos que llevamos dentro de nosotros.
Para Luis, el escándalo no era que un niño trabajara, sino, al contrario, que no hiciera nada más que estudiar; y el estigma de una infancia considerada “no normal” recaía sobre los niños que no trabajaban.
Esta experiencia me marcó profundamente, porque me hizo entender que el mundo no existe como una única realidad, sino que existen tantos mundos como ángulos de mirada desde donde nos colocamos para observarlos e interpretarlos.
Si no entendemos eso, nunca lograremos escuchar verdaderamente a las niñeces.

Quédate cerca de mí, que si no los extranjeros me raptan…
Los rumores que circulaban en las barriadas de Lima habían difundido voces y miedos sobre grupos de extranjeros que supuestamente raptaban a los niños para extraerles los órganos y venderlos. El temor fue tan fuerte que, en una barriada del norte de Lima, incluso llegaron a agredir y herir a una pareja de extranjeros, considerados sospechosos de tener alguna relación con estos hechos.
En aquel periodo, una tarde de sol, salimos de la escuelita para ir a jugar fútbol en un campito de tierra que estaba a unos 300 metros. Éramos algunos colaboradores y unos cuantos niños, entre ellos un hermanito menor, Robertito, de cuatro años.
Mientras caminábamos hacia el campo de fútbol, él me tomó fuertemente de la mano y me dijo:
—Giangi, hoy quédate muy cerca de mí, porque tienes que protegerme de los extranjeros que quieren raptar a los niños.
Esto me conmovió tanto que casi me puse a llorar, pues entendí no solamente que aquel niñito me había aceptado integralmente, sino también que, en su cabeza y en su corazón, el concepto de extranjero no estaba ligado a una pertenencia territorial o a una nacionalidad, sino a una relación afectiva.
Aunque yo fuera italiano y no peruano, para aquel niño yo no era un extranjero, porque entre nosotros fluía una relación de afectuosidad y amorosidad que superaba cualquier diferenciación de pertenencia territorial.
El sentir y el saber de aquel niño eran el mejor antídoto contra cualquier tipo de nacionalismo.
Esto es lo que se vivía y se vive en el MANTHOC, y este es uno de sus más importantes legados en tiempos como los actuales, cuando dominan figuras como Trump, cuando desalmados magnates de Silicon Valley soplan vientos de guerra y quieren convencernos de que la pertenencia a una nacionalidad es más importante que la pertenencia a la humanidad y hasta, como decía Morin, a la pertenencia al cosmos infinito.
Es leche de vaca…
Ya estaba con las maletas listas para regresar a Italia, luego de varios años de estadía, de trabajo y, sobre todo, de experiencias profundamente humanas en el Perú. En un cierto momento escuché que tocaban a la puerta: era la mamá de Julio, Esther, una mamita de Andahuaylas, envuelta en su manta de tejido indígena.
Ella me conocía muy bien porque, en muchas ocasiones, había cuidado de su hijito; a veces lo había hospedado en nuestra casa y, por ello, con esta señora se había establecido una relación especial.
Ella era muy pobre y vendía papas en un pequeño puesto ubicado en el suelo, cerca del mercado de Ciudad de Dios.
En sus manos tenía una botella de leche, tapada aproximadamente con un corcho ajustado. Ella nos dijo:
—Señor Giangi, yo de verdad no sabía cómo hacerle un regalo de despedida que estuviera a la altura de lo que usted merece. Usted sabe cuán pobre soy. Entonces, me fui donde un campesino que tiene una chacrita en las afueras de Villa El Salvador y le pedí que me diera un litro de leche recién sacada de la vaca.
Yo vengo de Andahuaylas y allí consideramos que la leche es buena cuando viene directamente de la vaca, así que yo le ofrezco esta leche como si viniera directamente de los pastos y de las vacas de mi aldea añorada. Es lo más que puedo ofrecer para que no se olvide de mí y de mi hijo.

Giangi Schibotto (Italia) acompañó al MANTHOC como voluntario durante los años 1988 y 1992, etapa en la que compartió experiencias y aprendizajes junto a las niñas, niños y adolescentes trabajadores organizados. Años después continuó desarrollando su labor en Perú, Cuba y Colombia. Ha sido educador e investigador de las infancias populares en América Latina, con especial énfasis en las infancias trabajadoras, aportando a la reflexión sobre sus derechos, participación y protagonismo.

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